Mis Cartas a María

Sobre Andrai

una breve carta de presentación

Nací en Coahuila, en una ciudad que es un pequeño oasis dentro de un gran desierto industrial. Crecí en una tierra donde lo cultural pocas veces encuentra dónde sentarse — y quizá por eso aprendí temprano a hacerle un lugar dentro de mí: una habitación con la luz encendida, una mesa puesta para las palabras.

Estudio psicología. Escribo desde hace años, primero como quien guarda en papel un dolor que no cabía en ninguna otra parte. Con el tiempo, lo que comenzó siendo desahogo se volvió oficio, y lo que era oficio se volvió mi manera de mirar — de pensar el mundo, de sostenerme en él.

Mis lecturas son anchas, sin querer atarse a un solo paisaje. Crecí entre los grandes clásicos — Mujercitas, Cumbres Borrascosas, los libros de fantasía donde la nieve siempre cae afuera y adentro alguien escribe a la luz de una vela. De ellos aprendí que un libro puede ser muchas cosas al mismo tiempo: un refugio, un espejo, una compañía silenciosa. Hoy escribo sin imponerme un género; me dejo llevar por lo que el día pide, por lo que el cuerpo necesita decir.

Una gran parte de lo que soy es por lo que he perdido.

De dónde vienen estas cartas

Mi papá, Jesús Oswaldo, fue mi primer maestro en el amor por la palabra. Él no escribía, pero leía con devoción y sabía contar — me hablaba de los libros que lo habían atravesado, me explicaba por qué un párrafo era hermoso, qué hacía que una novela siguiera viva después de cien años. En esas conversaciones aprendí lo que ningún taller pudo enseñarme después: que las cosas hermosas merecen ser nombradas con cuidado, y que mirar bien es ya una forma de amar.

Mis Cartas a María nace de ahí. De un amor heredado, de una manera de mirar que se queda incluso cuando ya no está quien me la enseñó. Es un cuaderno abierto donde escribo cartas que no siempre tienen destinataria clara — a veces son para mí, a veces para quien las necesite, a veces para alguien que solo está presente del lado del inconsciente. Todas, sin embargo, se escriben desde el mismo lugar: el cuidado, la ternura, la fe en que las palabras pueden llegar a donde la voz ya no alcanza.

Lo que me habita

Lo clásico

Louisa May Alcott, las hermanas Brontë, todo lo que se escribió a la luz de una vela y todavía nos calienta.

Mi fe

Dios como hilo cotidiano, no como sermón. Una presencia que sostiene sin pedir explicaciones.

Lo neurodivergente

Escribir para que más mentes se sientan vistas, sin tener que traducirse para caber.

El séptimo arte

El cine como otra manera de leer el mundo, otra manera de sentarse a escuchar.

El dibujo

Lo que las palabras no alcanzan, la mano lo intenta. Un caligrama, un trazo, un margen.

La familia

Donde todo empieza, donde todo regresa. La mesa puesta, la luz que espera.

Si llegaste hasta aquí, gracias por leerme. Si algo de lo que escribo te acompaña, mi mayor deseo es que sea con el mismo cuidado con el que fue escrito. Y si quieres que te escriba el lunes — abrí un buzón, está esperando tu correo.

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